El Odio y el Clasismo en las Ideologías Políticas en los últimos Debates electorales en Colombia: Un Caso que Debemos Analizar

 


El Odio y el Clasismo en las Ideologías Políticas en los últimos Debates electorales en Colombia: Un Caso que Debemos Analizar

En estos días me he dedicado a reflexionar sobre el comportamiento sociopolítico de las personas en la sociedad colombiana a raíz de los últimos debates electorales del país. Hay algo que me inquieta más que los resultados de cualquier elección: la forma en que hemos aprendido a tratarnos cuando hablamos de política.

En Colombia basta un debate electoral para que las redes sociales se conviertan en un campo de batalla. No de ideas, sino de insultos. Miles de publicaciones dejan claro que, para muchos, discutir ya no significa escuchar o argumentar, sino humillar al que piensa diferente.

Lo más preocupante es que la violencia ya no siempre se expresa con golpes. También se esconde en una frase cargada de desprecio, en un meme que ridiculiza, en un comentario que reduce a una persona por su acento, su barrio, su profesión o su apariencia. Esa también es violencia. Una violencia que se ha vuelto cotidiana porque la hemos normalizado. Y junto a ella aparece, sin máscaras, un viejo conocido de nuestra historia: el clasismo.

Durante las discusiones antes y posteriormente al debate electoral presidencial no solo se cuestionaron propuestas, sino que también se atacó el origen o el estado socioeconómico de las personas. Se utilizó la pobreza como insulto y la educación como arma para descalificar al otro. Unos se burlaban de quienes consideran "ignorantes, fachos o pobres de derecha" a quienes votaron por Abelardo de la Espriella; otros respondían despreciando a quienes identifican como "guerrilleros y comunistas" a quienes votaron por Iván Cepeda. En ambos casos, el mensaje era el mismo: si perteneces a cierto grupo social, tu opinión o posición política vale menos y eso, eso dice mucho de nosotros como sociedad.

Colombia lleva décadas intentando cerrar las brechas sociales, pero basta abrir una red social para descubrir que esas heridas siguen abiertas. El problema no es únicamente la polarización política; es la incapacidad de reconocer la dignidad del otro cuando no comparte nuestras ideas. Lo más triste es que creemos estar defendiendo la democracia mientras destruimos aquello que la sostiene: el diálogo.

Yo creo firmemente que no hay democracia posible cuando el argumento es reemplazado por el insulto. No hay debate cuando el objetivo deja de ser convencer y pasa a ser ridiculizar. Mucho menos habrá reconciliación mientras sigamos celebrando el comentario más hiriente porque consiguió miles de "me gusta" en Facebook u otra red social. Quizá el verdadero enemigo no sea el candidato que piensa distinto. Quizá sea la costumbre de convertir a cualquier contradictor en un enemigo que hay que atacar, ridiculizar o destruir.

Las redes sociales no inventaron el odio ni el clasismo; simplemente les dieron un micrófono. La responsabilidad sigue siendo nuestra. Cada comentario ofensivo que compartimos, cada burla que celebramos y cada etiqueta con la que deshumanizamos a alguien alimenta un clima que termina contaminando la conversación pública.

Creo que como colombianos necesitamos volver a discutir sin odiar. A cuestionar sin despreciar. A defender nuestras convicciones sin convertirlas en excusa para atacar la dignidad de los demás. Porque el problema no es que pensemos diferente. El problema empieza cuando dejamos de ver personas y solo vemos bandos. Y ese, más que un fracaso político, es un fracaso como sociedad.


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